Los problemas en España. Desde fuera y desde dentro

21 feb 2010

Llevamos una temporada en España, hablando de si los extranjeros analizan acertadamente la situación de nuestra economía o no. Hace unas semanas publiqué un reportaje en Público /donde analizaba lo difícil que es para los extranjeros comprender la realidad española.
Hoy leyendo El País me reafirmo en mi tesis. He encontrado dos análisis; uno de un periodista del Wolfgan Münchau (director asociado de Financial Times y presidente de Eurointelligence; Por qué me preocupa más España que Grecia.
; otro de Enric Colet (profesor de la Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas (ESADE). El Euro y el vino. . Ambos analizan los problemas de la economía española. Ambos parten de un punto común: la entrada de España en el euro. Pero el camino que siguió la economía, según cada uno de esos artículos, no tiene mucho que ver.
Desde mi punto de vista es mucho más certero el de Enric Colet. El profesor del ESADE nos recuerda una serie de acontecimientos claves que a menudo se olvidan. Como:
1. Tras la entrada en vigor del euro, los precios subieron un 35% en España, frente al 10% en Alemania.
2. Los tipos de interés bajos favorecieron el abultado endeudamiento. A lo que yo añado: y los bancos se excedieron en la concesión de créditos tanto en volúmenes como en tiempo.
3. La culpa no es el euro, sino la gestión que los agentes económicos hicieron de él.

Y cuando digo agentes económicos, me refiero a todos. Desde el Ministro de Economía, hasta el tendero o el dueño del bar que tenemos al lado de casa. El primero ejecutó la política de cigarra. Se olvidó de que entrar en el Euro exigía un cambio de modelo económico. Para qué ponerlo en marcha si la época de vacas gordas tenía a todo el mundo encantado.
Detrás llegó el Banco de España, que sí recomendaba cada dos por tres a los bancos que no dieran hipotecas a 50 años porque era una burrada, pero no fue capaz de ir más allá y frenar la espiral. ( Claro que si lo hubiera hecho seguro que le hubieran acusado de intervencionismo y antiliberal).
Bajamos otro escalón, y aquí nos encontramos a los amos del ladrillo. Frotándose las manos, porque
– ¡oye Pepe, que no paramos de subir los precios de los pisos y los vendemos como rosquillas!
– Pues métele un millón más, que seguro que cuela.
Y colaba. (Porque el banco concedía la hipoteca)
Pero que nadie se raje las vestiduras y cargue contra esos desalmados, porque en el bar de al lado, en menos de una semana un café pasó de costar 80 o 100 pesetas a costar “sólo” un euro. Total la moneda redonda era casi igual. Estéticamente, claro, porque la diferencia eran 66 pesetas más. Ahí es nada.